Las buenas noticias duran poco

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Por Emilia Alias

La industria cerró 2019 con una contracción promedio de -4.6% anual, según datos difundidos por FIEL, y encadenó así dos años consecutivos de caída. El panorama no luce distinto si se consideran otros relevamientos privados, como el de Ferreres (-4.2% vs 2018) o el de la UIA (-6.3%). Incluso el indicador oficial (el IPI manufacturero que elabora mensualmente el INDEC) mostró un retroceso todavía más importante, con una baja de 6.4%, redondeando un pésimo rendimiento el año pasado.

Sin embargo, a pesar de los pobres números, el estancamiento industrial no es un fenómeno “nuevo”. Aunque sí es cierto que hay dos aspectos que lo distinguen de otros episodios anteriores. El primero es que la recesión industrial actual ha sido hasta ahora menos profunda que otras sufridas durante el pasado reciente. En efecto, el ritmo de caída ha sido claramente más bajo que el observado durante los días de la crisis subprime (después de cuatro trimestres, la retracción acumulada ascendió a -13.3%) y la crisis que generó el fin de la Convertibilidad (la disminución del IPI resultó de -15.7% luego de cuatro trimestres de iniciado el período recesivo). En el ciclo actual, el sector manufacturero tuvo una caída acumulada -10.1% durante los primeros cuatro trimestres desde el inicio de la recesión. El retroceso en tiempos de la crisis del Tequila fue similar al presente (-9.5% al cabo de tres trimestres), pero evidenció luego una “recuperación” más rápida –al cierre del sexto trimestre, el indicador ya había vuelto a los niveles previos a la crisis–

El segundo aspecto distintivo respecto de los episodios previos pasa por la duración de la recesión. Luego del pico alcanzado a fines de 2017, la tasa de crecimiento de la industria se ha vuelto negativa de manera prácticamente ininterrumpida desde aquellos días, habiendo pasado ya siete trimestres desde el comienzo de la fase recesiva –lo que la constituye en la más extendida desde 1993–. Como se ve en el gráfico, el leve repunte que se observó durante el quinto y sexto trimestre desde el “período 0” (que corresponde a la performance industrial en el 2do y el 3er cuarto de 2019) no alcanzó para modificar la dinámica recesiva, si no que más bien amesetó la trayectoria. A diferencia de aquellos otros episodios comentados, no se distingue todavía un punto de giro claro en la condición de estancamiento en que se encuentra inmersa la industria.

Ahora bien, tras dos años de no levantar cabeza y transitar por terreno negativo, los resultados de diciembre-19 y enero-20 permitirían pensar –al menos– que dicho punto de quiebre no está muy lejos en el horizonte temporal y que la producción manufacturera se encaminaría a encontrar un nuevo piso. Luego de tocar su mínimo de actividad de los últimos diez años en diciembre-18, el indicador de actividad se mantuvo en niveles bajos a lo largo de 2019 –alternando magras subas y bajas– y exhibe una tibia mejora a partir de noviembre-19, producto de registros levemente positivos.

La “buena noticia” es que ya no se trata sólo de una moderación en la dinámica de caída de la actividad (que fue lo que predominó en el segundo semestre de 2019), sino que las marcas interanuales, tras hilvanar 19 meses de registros negativos, volvieron a terreno positivo. Pero, aunque nos gustaría hablar de que la luz al final del túnel aparece entre penumbras, es probable que se trate más de un efecto estadístico (base de comparación muy baja) que de un indicio concreto de que la recuperación ya está en marcha.

Además, hay que tener presente que los niveles de producción del 1er trimestre (de cualquier año) suelen estar afectados por paradas técnicas de mantenimiento y vacaciones –que en 2019 incluso se anticiparon a diciembre–, que influyen en la comparación. Así, luce prematuro establecer el inicio de año como el arranque de un “nuevo ciclo” para la actividad industrial. El carácter preliminar de algunos datos invita a tomar con cautela el ligero repunte. Un escenario de recuperación rápida no es lo más probable (aunque no por eso es descartable).

En el corto plazo habrá que seguir de cerca la marcha de varios factores para analizar la sostenibilidad de la performance de los últimos dos meses. El acceso a financiamiento más barato (a partir de la baja de las tasas de interés) podría ser un aliciente para la actividad industrial, aunque el efecto recién podría hacerse visible para mediados de año. Por el lado de los condicionantes, aparece el impacto negativo de la reciente devaluación del Real brasileño sobre la competitividad de los sectores exportadores de bienes industriales (un efecto no trivial, dado que el 46.6% del total exportado a Brasil son manufacturas de origen industrial). Asimismo no hay que perder de vista que el sector industrial es un sector divisas intensivo, dado que es estructuralmente deficitario en materia de comercio exterior (importa más de lo que exporta). En la medida que dicha restricción continúe, no es dable esperar una recuperación perceptible de la actividad industrial. Y la restricción externa (la posibilidad de moderarla) estará atada básicamente al éxito en la reestructuración de la deuda y a la evolución del contexto financiero y real global (y no tanto en la recomposición del consumo en el mercado interno). Mientras estos problemas sigan sin resolverse, 2020 se presenta como un año más en el que la industria continuará en terreno negativo.

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